Por Carlos Rafael Coutiño Camacho
1.- El nuevo México y Chiapas con CSP y ERA
2.- Independencia de México
La política mexicana se encuentra en la antesala de una redefinición estructural que promete sepultar viejos vicios dinásticos, La directriz trazada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo es tajante, para lo que será el 2030, la reelección quedará erradicada no solo en Chiapas, sino en todo el país, esto significa el adiós a familias que por décadas vivieron del erario, que engañaron y robaron lo que pudieron, sobre todo en los Ayuntamientos de nuestra entidad, se aplicará una política de cero nepotismo, se dijo por Claudia Sheinbaum Pardo, esta determinación no es un capricho centralista, sino un blindaje absoluto a la soberanía de México y un bálsamo para la salud democrática de nuestras instituciones.
Históricamente, la concentración del poder en linajes familiares y la perpetuación en las sillas públicas han asfixiado la alternancia. Al prohibir la reelección y cortar de tajo el nepotismo, la Federación envía una señal de respeto profundo a las autonomías de los estados y municipios. Son las localidades, en su libre ejercicio democrático, las que deben parir nuevos liderazgos, sin la sombra de cacicazgos locales ni imposiciones consanguíneas. La soberanía nacional se nutre, precisamente, de la fuerza y pureza de sus municipios libres.
En este concierto de renovación republicana, Chiapas levanta la mano con una narrativa de alta congruencia. El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, ha hecho lo propio en su entidad, asumiendo estas máximas no como un eco subordinado, sino como una convicción soberana y adaptada a su realidad subnacional. Para el mandatario chiapaneco, respetar la autonomía del estado implica también democratizarla desde adentro.
Por ello, en un acto de estricta justicia política, Chiapas impulsa reformas para garantizar por ley espacios definitivos a las mujeres en puestos de elección popular, no se trata de una concesión de cuotas, sino de un mandato legal que reconoce la deuda histórica con el liderazgo femenino. La propuesta chiapaneca empata perfectamente con el proyecto nacional: si el país camina hacia el fin de los privilegios hereditarios, el vacío debe ser llenado por la paridad, el mérito y la representatividad real de las mujeres en las presidencias municipales y los congresos.
La ruta hacia el 2030 está marcada. La prohibición del nepotismo y la reelección obligará a los partidos a profesionalizarse y a buscar perfiles ciudadanos auténticos. Mientras tanto, ejemplos como el de Chiapas demuestran que la soberanía estatal se defiende mejor cuando se acompaña de vanguardia legislativa y equidad. La República del mañana se construye hoy, cerrando la puerta al abuso del pasado y abriéndola, de par en par, a la inclusión jurídica de las mujeres.
INDEPENDENCIA
La consumación de la Independencia de México, aquel 27 de septiembre de 1821 con la entrada del Ejército Trigarante, representa el nacimiento de una nación soberana, pero también un mosaico de identidades encontradas, para el centro del país, el hito significó el fin de tres siglos de dominio virreinal y la promesa de libertad. Sin embargo, para la periferia sur, y en particular para Chiapas, el eco de las campanas independentistas se escuchó con una mezcla de cautela, distancia y profunda reflexión política.
En 1821, Chiapas no formaba parte del territorio mexicano; y eso hay que dejarlo en claro, pues pertenecía a la Capitanía General de Guatemala. Aunque los chiapanecos no combatieron en las mismas batallas que Miguel Hidalgo y Costilla o José María Morelos y Pavón, su cercanía geográfica y cultural con el movimiento insurgente provocó un intenso debate interno, la consumación de la independencia en la capital mexicana no pasó desapercibida para la élite e intelectuales locales. Figuras clave como fray Matías de Córdova vislumbraron que el viejo orden colonial se desmoronaba inevitablemente.
La opinión de los chiapanecos de la época fluctuó entre el temor a la inestabilidad y la fascinación por el Plan de Iguala. Las tres garantías propuestas por Agustín de Iturbide —Religión, Independencia y Unión— resultaron sumamente atractivas para una provincia mayoritariamente conservadora, católica y temerosa de quedar aislada en Centroamérica. Los ayuntamientos de Comitán, Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas) también llamada Chiapa de los Españoles y Tuxtla San Marcos hoy de Gutiérrez, debatieron intensamente su futuro, para muchos, la independencia de México fue vista como un faro de modernidad y orden político que prometía romper con el centralismo guatemalteco.
La consumación mexicana aceleró los propios procesos libertarios de la región. El 28 de agosto de 1821, Comitán proclamó su propia independencia de España y de Guatemala, anticipándose a la firma de los Tratados de Córdoba, aquellos chiapanecos no opinaron como meros espectadores pasivos, sino como actores estratégicos que evaluaban los beneficios de sumarse al naciente imperio mexicano. Se argumentaba que el lazo con México garantizaba una mayor protección militar y un vigor comercial superior al que Guatemala podía ofrecer.
A dos siglos de distancia, la consumación de la Independencia de México nos recuerda que la soberanía no se construyó de manera uniforme. Para Chiapas, que decidiría su federalización definitiva a México en 1824, el nacimiento de la nación vecina fue el catalizador que los empujó a redefinir su propio destino. La herencia de este hito sigue vigente en el sur: un recordatorio de que la identidad mexicana se forjó tanto por las armas en el centro como por la libre determinación y el debate político en la frontera sur.
